una cafetería en Islamabad اسلام آباد

No dejó de llover desde entonces. Las carreteras eran ríos que desembocaban en ti. Nunca antes había observado tanto y tan bien. Jamás un suelo tan cómodo. Me voy a vivir a ese momento. La resistencia en tu brazo y en el vinilo. Yo, cayéndome parriba’. Bañada en calma. Me deslizaba. Flotaba de una esquina a otra de una sonrisa que rajaba el día. Lo cortaba en dos y mil pedazos. Me he vuelto adicta a verte sonreír. Me he vuelto adicta al crac de los días. Escuché tu corazón, muy pegada a tu piel. A veces se saltaba latidos, como  haciendo un guiño íntimo a Toy. Y en esos latidos que faltaban, en su ausencia más plena, escuché el rugido del mar.