una belleza infernal

barbara crane

 

Una pizza. Una puta pizza de queso de ayer. Quince empujones por segundo para coger una porción de pizza más seca que la mojama. Joder. ¿En serio? Mucho daño hizo la posguerra. La calle rebosa idiotas, y está empezando a llover. ¿Es por el puente o hacía mucho que no venía al centro un fin de semana? Resbalo por Gran Vía a velocidad demente. La única droga que llevo dentro de esta bolsa de tela es paracetamol 1g. Lo suficiente como para aguantar el resto de la tarde sobreviviendo a este sopor de masa que  se y te arrastra bajo el palio de Inditex. Me enchufo los cascos. Benditas orejeras. Es como ponerse un casco contra mongoles. Como un dimmer, se atenúa el ruido de los motores, del bullicio, de los anuncios, de las conversaciones, de la música de las galerías, de las tiendas, la electrónica blanca y mainstream que huele bien de las grandes tiendas, e irrumpe esta mierda a la que estoy muy enganchada desde hace años. Esto sí que lo-cura todo.

Semáforo rojo. Me paro junto a otras decenas de decenas de personas. Cierro los ojos.

En la oscuridad, pantone burdeos, que no durará más de cinco segundos, tú. Solo imaginarte, me excita. Veo tu mirada, tu cuello, tus hombros, me taladras. Sonríes en mi  cabeza. Como cada vez que te veo. Tu imagen se glitchea con la puta realidad.

Semáforo verde. Cruzo en diagonal. Tu infierno es mi cielo. No hay nada que me guste más.