un waffle a las doce y media

Abro los ojos. Me despierto. Un niño me da una patada a la butaca del avión. Joder. Ahora no hay quién duerma. Tengo las lentillas secas de aire frío de estratosfera. Me revuelvo en el asiento. Miro hacia atrás y el niño yanqui se esconde en el hueco de los dos asientos. No le he visto la cara, pero me cae mal. Y su madre también. Masca chicle con un despliegue de medios un metro a la redonda propio de un campamento en verano. Buf. Ni me miran. Solo oigo un ruido atronador de motor y nubes. Continuo. Me doy la vuelta. A mi derecha, una mujer parece estar sumamente cómoda desde hace muchas horas viendo películas de estreno. Un poco más adelante, un señor super americano, con gorra de béisbol, chaqueta americana puesta durante todo el viaje y una camiseta que reza SALAMANCA se levanta cada diez minutos para bajar y subir la misma maleta y otear el avión para que todo esté bien. Nadie sabe muy bien para qué. Comida empaquetada de liliputiense. Puerta de embarque B2. Otro avión. Vuelo interno. Me toca el asiento de la puerta de emergencia. En caso de accidente, tendría que salvar a toda esta peña. Van jodidos. Otro aeropuerto. Este es más grande. Los no lugares me matan, aunque al mismo tiempo los amo. Marc Augé. Mark Fisher. La hauntología. Los fantasmas de Marx. El futuro y la melancolía. Café de mierda caro. ¿Diez pavos dos cafés? La vida moderna es como una cruz. Hazlo todo rápido. Delante y detrás de ti hay mil como tú. Sé productivo, da igual tu estado mental. Si algo no te funciona, es culpa tuya. Gente de traje con acreditaciones en el cuello.
Camino por la 18th, por el barrio de Adams Morgan. Smash! Records me mira desde su esquinita. Una tienda de discos que de entre todo lo que he caminado, es la artesanía, un agujero en el tiempo, la paciencia, el arte de lo lento y lo consciente. Abrió sus puertas en 1984, en el barrio de Georgetown, a bastantes calles kilométricas de aquí. Lleva en esta esquina desde el 2006. Fue la primera tienda de punk y música alternativa y ropa en todo DC. Compran y venden discos usados, cintas de VHS y ropa que normalmente son rollos punkis. Venden zapatos nuevos y Martins veganas. Tienen una catedrálica selección de discos y vinilos, pero sobre todo están especializados en punk, indie y hardcore. Golpe de pasado. Revivo Alta Fidelidad. Fanzines por el suelo. Un par de personas seleccionan discos, uno tras otro, con toda la calma que les ha faltado a las calles de antes. El tipo de detrás de la caja me mira y sonríe con los ojos. Es guapo. Me pregunto cuántos años tendrá, aunque me da igual. Miro las gafas de sol más feas del mundo. Me flipan. Revuelvo los VHS. El Graduado. El Mundo de Wayne. Los precios, ridículos, escritos a mano. Pegados con celo en pantallas de TV viejas. Encuentro un fanzine del arte callejero en Buenos Aires. Quizás le guste a Txema. Salgo a la calle.
Una ostia de calor me inmoviliza al instante. Delante, hay un restaurante indio. Asedio de olor a samosa y curry en 3, 2, 1. Camino. De los coches que pasan parece que sale la misma canción, con el ritmo este ¿808,se llama? Negros gigantes tras cristales tintados y ventanas medio bajadas. Más allá, un McDonald’s que parece sacado de Habbo Hotel. Un señor de traje y gafas torcidas grita con mala ostia qué le jodan a los USA, que todo es una mentira. Un chaval pilla WiFi en la puerta. Hay un 85% de humedad. Está nublado.
publicado en el fanzine Polvos de Talco #1
agosto 2018