tú después de la rave

barbara crane

 

No te imaginas el frío que hacía a esas horas de la mañana. Estábamos completamente perdidos. La ubicación del móvil decía que estábamos en Vlorë, y el reloj digital marcaba una hora demasiado loca como para ser verdad. Apenas habían pasado un par de horas en mi cabeza y llevábamos más de día y medio allí metidos, con gente que hablaba muy raro, muy alto, y que nos miraban pero no nos veían. Pupilas tan dilatadas que no existían. Los ojos, vórtices de un cosmos muy raro relleno de ácido, éxtasis, cadáveres exquisitos de polvos, sonrisas, frío, tierra, y dolor en el pecho de darte golpes en las costillas con los graves gravísimos de los temas que pinchaba una tía muy delgada y muy blanca en algún lugar elevado con fluorescentes negros.

Y de repente el silencio, una nerviosa calma a la que nos atamos solo por el cansancio. Autismo emocional, somos las ruinas de nuestros demonios bajo este puto frío. Un mar muy gris muy duro y muy helado, a unos metros de nosotros.  Te miro y tienes la cabeza sujeta entre las manos, apoyado en las rodillas, aparentemente cómodo, como siempre. Ojos cerrados y sonrisa de duermevela. Estás medio dormido, pero te escucho el corazón desde aquí. Me recuerdas a un cambio de tempo de algún tema nebuloso de Burial.  Lates muy alto, lates super fuerte. Te dejas caer.  Te adoro. Tumbados en la arena, más fría que la ostia, nos quedamos dormidos. Nunca supe si despertamos allí, o es que aquello formaba parte de este sueño.