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queda la noche

Barbara Crane – Commuter Discourse, 1978

ojalá mil horas junto a ti. el murmullo de la calle siempre de fondo. pero nuestras esquinas silenciosas y en calma. pero el oasis en el apocalipsis.  ruido de la ciudad en MUTE. sonido de una ola  m í n i m a   en la orilla. el mar que se resbala en tus palabras. me encanta escucharte.

queda la noche.

los dioses tienen sed

my little dead dick

 

Sueño con sonidos de agua. Me obsesiona el fluir. El otro día me quedé sola en una calle principal.  Muy principal. No era un sueño. No había agua. Caminé hasta el infinito. Bajé la calle con música. De fondo, muy detrás de la música, un grupo de amigxs gritaban eso de es un veneno que llevo dentro en la sangre metío y sonreí. Esa calle es eterna solo a veces. Me había quedado sola hacía tan solo quince minutos. Caminaba despacio, en realidad. No tenía prisa, porque ya había pasado lo importante: tu sonrisa, tu puta sonrisa que me deshace; tu voz, que sana; ya ni siquiera hacía frío, ya no había ruido, ni siquiera había coches. Tú, como un huracán, que en vez de dejarme devastada, me dejas sin argumentos. Tú, que me brotas, me sanas, me encuentras la llave de esta ciudad, que el resto del tiempo no sé dónde está. La puerta es demasiado grande y la llave.. La llave es mínima. Cuando llegaste, leía un artículo sobre la basura espacial. Es increíble que allí arriba, en el mayor vacío existencial que ni siquiera puedas imaginar sin marearte o llorar, haya trozos enormes de cosas olvidadas o que ya no sirven. A veces cuando pienso muy fuerte en el cosmos, si me concentro mucho en pensar en la cantidad de trillones, millones de miles de kilómetros y eones de Nada, frío y noche perpetua, la Pura Abstracción Mental, mi única reacción es llorar suave. Nunca supe por qué. Me imagino que es la reafirmación de la Puta-Nada y el Todo al mismo tiempo. En que toda esta simulación de la Vida es un crac en el tiempo. Y ahí, en esa esquina de pensamiento, brillas todo, sin titilar, un vórtice de luz. Y casi me falta el aire. Y se me encoge la boca del estómago. Y me emociona. Y luego se me pasa, porque no te quiero asustar. Y recuerdo el haiku que leí una vez, hace mucho tiempo,

 

de no estar tú

demasiado enorme

sería el bosque.

 

Y sigo bajando la calle. Esta noche el asfalto es más blando que nunca.

 

 

la inocencia y otros excesos

 

Salgo a comprar tampones. Camino. Las hojas crujen. Me cruzo con una vecina que me cae regular. No lo sabe. Sonrío y la saludo. Maldita educación. Vuelvo a ponerme los cascos. Clams Casino. Lleva una semana curándome. Puto frío. Entro en la tienda. El cajero me mira. Le miro. Es guapo. Pero no es Él. Ninguno es Él. Sonrío. Esta vez es de verdad. Me sonríe. Me da igual. Me pierdo entre la sección de aguacates, zumos naturales del día, y salsas con extra de azúcar. Se me está acabando la batería. También me da igual. Me centro en la música. I’m God. Nunca entendí la historia del niño que se suicida con esa canción. ¿Era eso? Me flipan las historias que la gente escribe a veces en forma de post. Recuerdo la historia que leí en el primer post de mi disco favorito de Spacemen3 que está subido a Youtube. El disco se llama ‘Taking drugs to make music to take drugs to’, de 1990. Es maravillosa. Un puto libro en un comentario 2.0. A veces la gente es maravillosa. Healing. Tiene cierto aire asiático de videojuego de páramo y contemplación. Orgía de colores en la zona de las patatas y los ganchitos. Vuelvo a los canónigos. Miro al chico de la caja por inercia. Me está mirando. Cruzamos miradas. Rápidamente miro hacia los limones. Luz blanca. Recuerdo la noche. Volví a soñar azul. No me gusta dormir. Estoy teniendo una regresión a mi infancia. Hubo una temporada que lo pasaba realmente mal cuando #habíaquedormir. Me dan miedo los monstruos de mi habitación. Me froto los ojos. Me apetece muchísimo llorar en la sección de los fiambres. Avanzo. Me pierdo en la música. Resbalo por los temas, uno a uno, hasta que se me pasa. Cojo un puto aguacate. Se me olvidaban los tampones.

 

luz negra

lee friedlander

 

Siete horas no son nada. Techno muy jodido golpeando el estómago. Desde muy dentro. Luz negra y luz roja. Tengo muchísimo calor. Trago saliva amarga. Te miro. Me miras. Sonrío apartándote la mirada y cerrando los ojos. Presión en los oídos. Me empujan por la izquierda y por delante. Me hace gracia. Siete horas son siete segundos. Cristales en el suelo. Polvo en el bolsillo. Te toco la cabeza. Siete litros de agua. Cierro los ojos. Me abrazas por detrás. Me quedo a vivir en este infierno rojo.  Siete horas son siete minutos. Cualquier trozo de suelo me vale. Cualquier sitio. Siento tu cabeza en mi cuello. Me derrumbas. El corazón se salta latidos. Desordenas mi Babilonia una vez más. La calma si estás tú. La guerra si estás tú. La calma y la guerra en tu sonrisa. Tienes una boca impresionante.  Siete horas no son nada. Me besas en la parte de atrás del coche. No quiero que acabe nunca este beso. Me perdería en tu boca y en tu mirada. No te vayas. Te miro mientras bajas. No te vayas. Me aferro a la visión de tu mano cerrando la puerta como el último recuerdo. No te vayas. La ciudad es muy ruidosa a estas horas. Amanece. Se despierta. Miro hacia adelante y tardo en responder al conductor. No sé qué me ha dicho.  No te vayas. Siete horas no es suficiente.

 

 

tú después de la rave

barbara crane

 

No te imaginas el frío que hacía a esas horas de la mañana. Estábamos completamente perdidos. La ubicación del móvil decía que estábamos en Vlorë, y el reloj digital marcaba una hora demasiado loca como para ser verdad. Apenas habían pasado un par de horas en mi cabeza y llevábamos más de día y medio allí metidos, con gente que hablaba muy raro, muy alto, y que nos miraban pero no nos veían. Pupilas tan dilatadas que no existían. Los ojos, vórtices de un cosmos muy raro relleno de ácido, éxtasis, cadáveres exquisitos de polvos, sonrisas, frío, tierra, y dolor en el pecho de darte golpes en las costillas con los graves gravísimos de los temas que pinchaba una tía muy delgada y muy blanca en algún lugar elevado con fluorescentes negros.

Y de repente el silencio, una nerviosa calma a la que nos atamos solo por el cansancio. Autismo emocional, somos las ruinas de nuestros demonios bajo este puto frío. Un mar muy gris muy duro y muy helado, a unos metros de nosotros.  Te miro y tienes la cabeza sujeta entre las manos, apoyado en las rodillas, aparentemente cómodo, como siempre. Ojos cerrados y sonrisa de duermevela. Estás medio dormido, pero te escucho el corazón desde aquí. Me recuerdas a un cambio de tempo de algún tema nebuloso de Burial.  Lates muy alto, lates super fuerte. Te dejas caer.  Te adoro. Tumbados en la arena, más fría que la ostia, nos quedamos dormidos. Nunca supe si despertamos allí, o es que aquello formaba parte de este sueño.

del temor y el temblor

barbara crane

 

Son casi las dos de la mañana a este lado del mar. El móvil me avisa de una alerta amarilla de viento en Gijón. Están arreglando la fachada de mi casa. Tengo un puto andamio 24/7 y varios señores que me acompañan al otro lado de la ventana cada mañana. Es el quinto día de una regla monstruosa. Me vienen periodos de cinco señoras. 28 días y un océano de vida.  Vuelvo a no dormir. Me he comido medio paquete de gominolas que me compré esta tarde en el Lidl. De estas que son aros con infinito pica pica y que saben a corazón de gominola. Una puta perdición para mi ansiedad. Me pongo a Burial. Una vez más me acompañas en mis noches perdidas, qué cabrón. Si lo supiera. Recuerdo hace años cuando estudiaba el master de Documental que me pasaba las noches escuchando TODO lo editado hasta esa época: south london boroughs, distant lights, ghost hardware, street halo, kindred, truant/rough sleeper, rival dealer -que lo acababa de sacar y literalmente lloraba- y por supuesto burial, untrue. A fuego. Salvo los lunes o los domingos de madrugada, no lo recuerdo muy bien, creo que eran los lunes que escuchaba Atmósfera, un programa de Radio3, que ahora mismo ni siquiera sé si sigue existiendo, de electrónica experimental. Me flipaba la voz de la locutora, y todo lo que pinchaba. Me apuntaba los nombres de todo lo que decía y me pasaba la semana explorando  t o d o. Pues ahora estaba sonando ‘young death’ a dolor, con ese sonido de fumar, el del rascar de un vinilo fantasma, los latidos del corazón como carrera de fondo, las cerillas que se encienden, los suspiros etéreos, sonidos de esnifar, la lluvia. los intermitentes.

el sonido de los intermitentes del coche. tac tac tac. un reloj inesperado, unas marcas temporales absurdas que me marco yo misma, entre recuerdo y recuerdo, entre flash de ti y otro flash de ti, en la noche, mientras llueve, con la puta alarma amarilla de viento. tac tac tac tac. llueve sobre mojado. nunca lo suficiente. tac tac tac. pienso en ti, pienso en ti, a veces en mi. tac tac tac. noche, lluvia, noche, lluvia. te miro mientras duermes. suéñalo tú todo. para mi esto cuenta como sueño. este recuerdo, me quema el pecho, se me graba a fuego, para siempre.

del temor y del temblor.

 

una belleza infernal

barbara crane

 

Una pizza. Una puta pizza de queso de ayer. Quince empujones por segundo para coger una porción de pizza más seca que la mojama. Joder. ¿En serio? Mucho daño hizo la posguerra. La calle rebosa idiotas, y está empezando a llover. ¿Es por el puente o hacía mucho que no venía al centro un fin de semana? Resbalo por Gran Vía a velocidad demente. La única droga que llevo dentro de esta bolsa de tela es paracetamol 1g. Lo suficiente como para aguantar el resto de la tarde sobreviviendo a este sopor de masa que  se y te arrastra bajo el palio de Inditex. Me enchufo los cascos. Benditas orejeras. Es como ponerse un casco contra mongoles. Como un dimmer, se atenúa el ruido de los motores, del bullicio, de los anuncios, de las conversaciones, de la música de las galerías, de las tiendas, la electrónica blanca y mainstream que huele bien de las grandes tiendas, e irrumpe esta mierda a la que estoy muy enganchada desde hace años. Esto sí que lo-cura todo.

Semáforo rojo. Me paro junto a otras decenas de decenas de personas. Cierro los ojos.

En la oscuridad, pantone burdeos, que no durará más de cinco segundos, tú. Solo imaginarte, me excita. Veo tu mirada, tu cuello, tus hombros, me taladras. Sonríes en mi  cabeza. Como cada vez que te veo. Tu imagen se glitchea con la puta realidad.

Semáforo verde. Cruzo en diagonal. Tu infierno es mi cielo. No hay nada que me guste más.

un waffle a las doce y media

Abro los ojos. Me despierto. Un niño me da una patada a la butaca del avión. Joder. Ahora no hay quién duerma. Tengo las lentillas secas de aire frío de estratosfera. Me revuelvo en el asiento. Miro hacia atrás y el niño yanqui se esconde en el hueco de los dos asientos. No le he visto la cara, pero me cae mal. Y su madre también. Masca chicle con un despliegue de medios un metro a la redonda propio de un campamento en verano. Buf. Ni me miran. Solo oigo un ruido atronador de motor y nubes. Continuo. Me doy la vuelta. A mi derecha, una mujer parece estar sumamente cómoda desde hace muchas horas viendo películas de estreno. Un poco más adelante, un señor super americano, con gorra de béisbol, chaqueta americana puesta durante todo el viaje y una camiseta que reza SALAMANCA se levanta cada diez minutos para bajar y subir la misma maleta y otear el avión para que todo esté bien. Nadie sabe muy bien para qué. Comida empaquetada de liliputiense. Puerta de embarque B2. Otro avión. Vuelo interno. Me toca el asiento de la puerta de emergencia. En caso de accidente, tendría que salvar a toda esta peña. Van jodidos. Otro aeropuerto. Este es más grande. Los no lugares me matan, aunque al mismo tiempo los amo. Marc Augé. Mark Fisher. La hauntología. Los fantasmas de Marx. El futuro y la melancolía. Café de mierda caro. ¿Diez pavos dos cafés? La vida moderna es como una cruz. Hazlo todo rápido. Delante y detrás de ti hay mil como tú. Sé productivo, da igual tu estado mental. Si algo no te funciona, es culpa tuya. Gente de traje con acreditaciones en el cuello.
Camino por la 18th, por el barrio de Adams Morgan. Smash! Records me mira desde su esquinita. Una tienda de discos que de entre todo lo que he caminado, es la artesanía, un agujero en el tiempo, la paciencia, el arte de lo lento y lo consciente. Abrió sus puertas en 1984, en el barrio de Georgetown, a bastantes calles kilométricas de aquí. Lleva en esta esquina desde el 2006. Fue la primera tienda de punk y música alternativa y ropa en todo DC. Compran y venden discos usados, cintas de VHS y ropa que normalmente son rollos punkis. Venden zapatos nuevos y Martins veganas. Tienen una catedrálica selección de discos y vinilos, pero sobre todo están especializados en punk, indie y hardcore. Golpe de pasado. Revivo Alta Fidelidad. Fanzines por el suelo. Un par de personas seleccionan discos, uno tras otro, con toda la calma que les ha faltado a las calles de antes. El tipo de detrás de la caja me mira y sonríe con los ojos. Es guapo. Me pregunto cuántos años tendrá, aunque me da igual. Miro las gafas de sol más feas del mundo. Me flipan. Revuelvo los VHS. El Graduado. El Mundo de Wayne. Los precios, ridículos, escritos a mano. Pegados con celo en pantallas de TV viejas. Encuentro un fanzine del arte callejero en Buenos Aires. Quizás le guste a Txema. Salgo a la calle.
Una ostia de calor me inmoviliza al instante. Delante, hay un restaurante indio. Asedio de olor a samosa y curry en 3, 2, 1. Camino. De los coches que pasan parece que sale la misma canción, con el ritmo este ¿808,se llama? Negros gigantes tras cristales tintados y ventanas medio bajadas. Más allá, un McDonald’s que parece sacado de Habbo Hotel. Un señor de traje y gafas torcidas grita con mala ostia qué le jodan a los USA, que todo es una mentira. Un chaval pilla WiFi en la puerta. Hay un 85% de humedad. Está nublado.
publicado en el fanzine Polvos de Talco #1
agosto 2018

todo

de todo lo visible y lo invisible. de absolutamente todo lo que me gusta de ti, me quedo con lo invisible. lo que no se ve. cómo tus formas se acoplan en mis huecos. cómo las piezas encajan sin esquinas. cómo se calienta el aire cuando lo tocas. cómo amasas una emoción entre tus dedos. cómo sonríes y el reloj deja de tener sentido. la forma en que eres. la manera en la que estás. no pares nunca de hacerlo.

odas bárbaras I

Puede que tengas razón. Me llamas exagerada mientras sonríes, tímido. Pero lo negro y lo blanco, obviando el gris. Pero tú. En tu despertar. La muerte que rodea la cama por las noches. La muerte y la vida. Eros y Tanathos. Morir un poco cuando me devoras por dentro. Pequeñas muertes que desafían a las grandes. Que nos quedamos casi ahí, al otro lado. Exhaustos. Casi mareados de vida que hierve. El mar y el asfalto. Los charcos que se forman en las carreteras. Los brotes de planta que surgen en el cemento. Carducci versaba sobre cosas magnas. A mí, sin embargo, se me deshacen las palabras cuando pienso en lo banal, cuando recuerdo aquel latido truncado mientras no dejaba de llover. La tinta de lo que todavía no te había escrito me resbalaba por los brazos.