barra acolchada de bar

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Un par de tipos estaban de pie en la otra punta de la barra. Le daban vueltas a sus bebidas y miraban en dirección a la vieja puerta acolchada del bar. Yo estaba sentada ahí, una rápida escapatoria. Leía a Burroughs y no podía evitar sonreír. Siempre me ha hecho gracia el asco que me producen sus descripciones. Alcé la vista al terminar el capítulo, con sonrisa de idiota después de un pasaje muy turbio, y me encontré con su mirada lasciva, primaria. Horrible. Por primera vez en todo el día fui consciente de mi vista en tercera persona – siempre se me olvida lo que llevo puesto. Maldito escote.
Cerré el libro, alejé el vaso en la barra, puse dos monedas al lado, y me levanté de la silla alta. Me había quedado pegada al sky rojo. Hizo ruido: sonreí para mis adentros. A aquellos dos les puse mi mejor sonrisa. ‘Hasta luego’ Me gustaba confundir a la gente.

El viento que arremetió contra mí nada más abrir la puerta. El golpe de la realidad. A dónde iba ahora. Me había refugiado en aquél antro para evitar la soledad aséptica del piso. Encendí un cigarro. Necesitaba fumar. De reojo me di cuenta de la presencia de aquel tipo. Corrijo: de la discreción de aquel tipo tras el sucio cristal del bar. Empañado por el pegajoso calor de whisky barato de dentro. Sentí su mirada. Se lo agradecí tragando el humo de aquel cigarrillo. Hacía mucho que no me gustaba sentir unos ojos. Y aquellos sí que lo hicieron. No sé muy bien por qué.
Caminé calle arriba, dejando atrás el grosero estruendo de un gol retransmitido por la TV del antro.Me imaginé las caras de aquellos tipos por los insultos que escuchaba amortiguados. ‘Qué se jodan’, pensé, y miré rápidamente a la puerta – me estaba costando irme. Justo en ese momento atisbé una figura negra que salía del bar. El tipo de antes. Sonreí dentro de la bufanda. De algún modo, él tampoco pegaba mucho en aquel lugar.
Me esperaba una noche larga. Hacía días que no podía dormir. Mucho café y poco calor en mi habitación. Una pena, pero me había acostumbrado. Entré en un videoclub que hacía esquina. La puerta activó el timbre.
Tenía ganas de tener calor esa noche. Pero no a costa de cualquier gilipollas. Noches como aquella me habían llevado a la tristeza más profunda al amanecer con los ojos rojos, un condón desperdiciado y mucha menos dignidad. Un escalofrío me recorrió. No sé si por el frío o por el recuerdo. Me sorprendí al encontrarme pensando en el tipo del bar una vez más. Sonreí. Una boca para soñar.

escrito en agosto 2012