luz negra

lee friedlander

 

Siete horas no son nada. Techno muy jodido golpeando el estómago. Desde muy dentro. Luz negra y luz roja. Tengo muchísimo calor. Trago saliva amarga. Te miro. Me miras. Sonrío apartándote la mirada y cerrando los ojos. Presión en los oídos. Me empujan por la izquierda y por delante. Me hace gracia. Siete horas son siete segundos. Cristales en el suelo. Polvo en el bolsillo. Te toco la cabeza. Siete litros de agua. Cierro los ojos. Me abrazas por detrás. Me quedo a vivir en este infierno rojo.  Siete horas son siete minutos. Cualquier trozo de suelo me vale. Cualquier sitio. Siento tu cabeza en mi cuello. Me derrumbas. El corazón se salta latidos. Desordenas mi Babilonia una vez más. La calma si estás tú. La guerra si estás tú. La calma y la guerra en tu sonrisa. Tienes una boca impresionante.  Siete horas no son nada. Me besas en la parte de atrás del coche. No quiero que acabe nunca este beso. Me perdería en tu boca y en tu mirada. No te vayas. Te miro mientras bajas. No te vayas. Me aferro a la visión de tu mano cerrando la puerta como el último recuerdo. No te vayas. La ciudad es muy ruidosa a estas horas. Amanece. Se despierta. Miro hacia adelante y tardo en responder al conductor. No sé qué me ha dicho.  No te vayas. Siete horas no es suficiente.

 

 

tú después de la rave

barbara crane

 

No te imaginas el frío que hacía a esas horas de la mañana. Estábamos completamente perdidos. La ubicación del móvil decía que estábamos en Vlorë, y el reloj digital marcaba una hora demasiado loca como para ser verdad. Apenas habían pasado un par de horas en mi cabeza y llevábamos más de día y medio allí metidos, con gente que hablaba muy raro, muy alto, y que nos miraban pero no nos veían. Pupilas tan dilatadas que no existían. Los ojos, vórtices de un cosmos muy raro relleno de ácido, éxtasis, cadáveres exquisitos de polvos, sonrisas, frío, tierra, y dolor en el pecho de darte golpes en las costillas con los graves gravísimos de los temas que pinchaba una tía muy delgada y muy blanca en algún lugar elevado con fluorescentes negros.

Y de repente el silencio, una nerviosa calma a la que nos atamos solo por el cansancio. Autismo emocional, somos las ruinas de nuestros demonios bajo este puto frío. Un mar muy gris muy duro y muy helado, a unos metros de nosotros.  Te miro y tienes la cabeza sujeta entre las manos, apoyado en las rodillas, aparentemente cómodo, como siempre. Ojos cerrados y sonrisa de duermevela. Estás medio dormido, pero te escucho el corazón desde aquí. Me recuerdas a un cambio de tempo de algún tema nebuloso de Burial.  Lates muy alto, lates super fuerte. Te dejas caer.  Te adoro. Tumbados en la arena, más fría que la ostia, nos quedamos dormidos. Nunca supe si despertamos allí, o es que aquello formaba parte de este sueño.

del temor y el temblor

barbara crane

 

Son casi las dos de la mañana a este lado del mar. El móvil me avisa de una alerta amarilla de viento en Gijón. Están arreglando la fachada de mi casa. Tengo un puto andamio 24/7 y varios señores que me acompañan al otro lado de la ventana cada mañana. Es el quinto día de una regla monstruosa. Me vienen periodos de cinco señoras. 28 días y un océano de vida.  Vuelvo a no dormir. Me he comido medio paquete de gominolas que me compré esta tarde en el Lidl. De estas que son aros con infinito pica pica y que saben a corazón de gominola. Una puta perdición para mi ansiedad. Me pongo a Burial. Una vez más me acompañas en mis noches perdidas, qué cabrón. Si lo supiera. Recuerdo hace años cuando estudiaba el master de Documental que me pasaba las noches escuchando TODO lo editado hasta esa época: south london boroughs, distant lights, ghost hardware, street halo, kindred, truant/rough sleeper, rival dealer -que lo acababa de sacar y literalmente lloraba- y por supuesto burial, untrue. A fuego. Salvo los lunes o los domingos de madrugada, no lo recuerdo muy bien, creo que eran los lunes que escuchaba Atmósfera, un programa de Radio3, que ahora mismo ni siquiera sé si sigue existiendo, de electrónica experimental. Me flipaba la voz de la locutora, y todo lo que pinchaba. Me apuntaba los nombres de todo lo que decía y me pasaba la semana explorando  t o d o. Pues ahora estaba sonando ‘young death’ a dolor, con ese sonido de fumar, el del rascar de un vinilo fantasma, los latidos del corazón como carrera de fondo, las cerillas que se encienden, los suspiros etéreos, sonidos de esnifar, la lluvia. los intermitentes.

el sonido de los intermitentes del coche. tac tac tac. un reloj inesperado, unas marcas temporales absurdas que me marco yo misma, entre recuerdo y recuerdo, entre flash de ti y otro flash de ti, en la noche, mientras llueve, con la puta alarma amarilla de viento. tac tac tac tac. llueve sobre mojado. nunca lo suficiente. tac tac tac. pienso en ti, pienso en ti, a veces en mi. tac tac tac. noche, lluvia, noche, lluvia. te miro mientras duermes. suéñalo tú todo. para mi esto cuenta como sueño. este recuerdo, me quema el pecho, se me graba a fuego, para siempre.

del temor y del temblor.

 

una belleza infernal

barbara crane

 

Una pizza. Una puta pizza de queso de ayer. Quince empujones por segundo para coger una porción de pizza más seca que la mojama. Joder. ¿En serio? Mucho daño hizo la posguerra. La calle rebosa idiotas, y está empezando a llover. ¿Es por el puente o hacía mucho que no venía al centro un fin de semana? Resbalo por Gran Vía a velocidad demente. La única droga que llevo dentro de esta bolsa de tela es paracetamol 1g. Lo suficiente como para aguantar el resto de la tarde sobreviviendo a este sopor de masa que  se y te arrastra bajo el palio de Inditex. Me enchufo los cascos. Benditas orejeras. Es como ponerse un casco contra mongoles. Como un dimmer, se atenúa el ruido de los motores, del bullicio, de los anuncios, de las conversaciones, de la música de las galerías, de las tiendas, la electrónica blanca y mainstream que huele bien de las grandes tiendas, e irrumpe esta mierda a la que estoy muy enganchada desde hace años. Esto sí que lo-cura todo.

Semáforo rojo. Me paro junto a otras decenas de decenas de personas. Cierro los ojos.

En la oscuridad, pantone burdeos, que no durará más de cinco segundos, tú. Solo imaginarte, me excita. Veo tu mirada, tu cuello, tus hombros, me taladras. Sonríes en mi  cabeza. Como cada vez que te veo. Tu imagen se glitchea con la puta realidad.

Semáforo verde. Cruzo en diagonal. Tu infierno es mi cielo. No hay nada que me guste más.

un waffle a las doce y media

Abro los ojos. Me despierto. Un niño me da una patada a la butaca del avión. Joder. Ahora no hay quién duerma. Tengo las lentillas secas de aire frío de estratosfera. Me revuelvo en el asiento. Miro hacia atrás y el niño yanqui se esconde en el hueco de los dos asientos. No le he visto la cara, pero me cae mal. Y su madre también. Masca chicle con un despliegue de medios un metro a la redonda propio de un campamento en verano. Buf. Ni me miran. Solo oigo un ruido atronador de motor y nubes. Continuo. Me doy la vuelta. A mi derecha, una mujer parece estar sumamente cómoda desde hace muchas horas viendo películas de estreno. Un poco más adelante, un señor super americano, con gorra de béisbol, chaqueta americana puesta durante todo el viaje y una camiseta que reza SALAMANCA se levanta cada diez minutos para bajar y subir la misma maleta y otear el avión para que todo esté bien. Nadie sabe muy bien para qué. Comida empaquetada de liliputiense. Puerta de embarque B2. Otro avión. Vuelo interno. Me toca el asiento de la puerta de emergencia. En caso de accidente, tendría que salvar a toda esta peña. Van jodidos. Otro aeropuerto. Este es más grande. Los no lugares me matan, aunque al mismo tiempo los amo. Marc Augé. Mark Fisher. La hauntología. Los fantasmas de Marx. El futuro y la melancolía. Café de mierda caro. ¿Diez pavos dos cafés? La vida moderna es como una cruz. Hazlo todo rápido. Delante y detrás de ti hay mil como tú. Sé productivo, da igual tu estado mental. Si algo no te funciona, es culpa tuya. Gente de traje con acreditaciones en el cuello.
Camino por la 18th, por el barrio de Adams Morgan. Smash! Records me mira desde su esquinita. Una tienda de discos que de entre todo lo que he caminado, es la artesanía, un agujero en el tiempo, la paciencia, el arte de lo lento y lo consciente. Abrió sus puertas en 1984, en el barrio de Georgetown, a bastantes calles kilométricas de aquí. Lleva en esta esquina desde el 2006. Fue la primera tienda de punk y música alternativa y ropa en todo DC. Compran y venden discos usados, cintas de VHS y ropa que normalmente son rollos punkis. Venden zapatos nuevos y Martins veganas. Tienen una catedrálica selección de discos y vinilos, pero sobre todo están especializados en punk, indie y hardcore. Golpe de pasado. Revivo Alta Fidelidad. Fanzines por el suelo. Un par de personas seleccionan discos, uno tras otro, con toda la calma que les ha faltado a las calles de antes. El tipo de detrás de la caja me mira y sonríe con los ojos. Es guapo. Me pregunto cuántos años tendrá, aunque me da igual. Miro las gafas de sol más feas del mundo. Me flipan. Revuelvo los VHS. El Graduado. El Mundo de Wayne. Los precios, ridículos, escritos a mano. Pegados con celo en pantallas de TV viejas. Encuentro un fanzine del arte callejero en Buenos Aires. Quizás le guste a Txema. Salgo a la calle.
Una ostia de calor me inmoviliza al instante. Delante, hay un restaurante indio. Asedio de olor a samosa y curry en 3, 2, 1. Camino. De los coches que pasan parece que sale la misma canción, con el ritmo este ¿808,se llama? Negros gigantes tras cristales tintados y ventanas medio bajadas. Más allá, un McDonald’s que parece sacado de Habbo Hotel. Un señor de traje y gafas torcidas grita con mala ostia qué le jodan a los USA, que todo es una mentira. Un chaval pilla WiFi en la puerta. Hay un 85% de humedad. Está nublado.
publicado en el fanzine Polvos de Talco #1
agosto 2018

todo

de todo lo visible y lo invisible. de absolutamente todo lo que me gusta de ti, me quedo con lo invisible. lo que no se ve. cómo tus formas se acoplan en mis huecos. cómo las piezas encajan sin esquinas. cómo se calienta el aire cuando lo tocas. cómo amasas una emoción entre tus dedos. cómo sonríes y el reloj deja de tener sentido. la forma en que eres. la manera en la que estás. no pares nunca de hacerlo.

odas bárbaras I

Puede que tengas razón. Me llamas exagerada mientras sonríes, tímido. Pero lo negro y lo blanco, obviando el gris. Pero tú. En tu despertar. La muerte que rodea la cama por las noches. La muerte y la vida. Eros y Tanathos. Morir un poco cuando me devoras por dentro. Pequeñas muertes que desafían a las grandes. Que nos quedamos casi ahí, al otro lado. Exhaustos. Casi mareados de vida que hierve. El mar y el asfalto. Los charcos que se forman en las carreteras. Los brotes de planta que surgen en el cemento. Carducci versaba sobre cosas magnas. A mí, sin embargo, se me deshacen las palabras cuando pienso en lo banal, cuando recuerdo aquel latido truncado mientras no dejaba de llover. La tinta de lo que todavía no te había escrito me resbalaba por los brazos.

 

un fondo estrellado

 

Y pensaba que la vida, tan inmensa, y solo en algunos momentos presente, era esto. Justo este escalofrío.

La vida, los pies cansados. Nuestros cuerpos, que reflejan todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos devorado. Las cicatrices, los moratones, los mordiscos. Nuestras ideas que nos dejan marcas de porras en los brazos, todo lo que hemos caído. Cuánto más barro en las rodillas, nuestra mirada más lúcida, más limpia, más profunda, más plena. Más digna. Ser más frágiles que un segundo, pero más fuertes que nuestros suspiros en nuestra cama, arrebujada hoy. Como ayer. Como siempre desde que nos conocemos. Nuestra cama, la trinchera en la ciudad. Nuestra cama, la del fondo estrellado. Un cosmos imposible. Un abismo al que me lanzo sin pensarlo, en el que respiro. Al fin.

el arte de recordar // helarte de recordar

Hicimos el amor muertos de frío. Muertos de ayer. Era imposible entrar en calor con tantas dudas, con tantas preguntas en las manos, con los innumerables poros abiertos, con mis pupilas dilatadas de mar, con tu lengua sedienta de anochecer. La arena me rascaba la mirada a orillas del Cantábrico. Hoy la playa se duerme con tu voz. Se queda dormida a media ola, a medio gas, te arrulla sin querer. Sonríes cada vez que exagero. Pero jamás había sentido una tormenta tan luminosa. Ríos de agua. Mares de luz. El cielo crujía y se abría de piernas, mientras en algún sitio de la ciudad yo te escuchaba. Te escuchaba muy alto hablar muy bajito. Pasa una moto. Me olvidé de la geografía. Me olvidé de dónde coño estábamos.

Recuerdo y muero de frío. Te recuerdo y me tirito.

a las siete de la mañana

¿Quieres saber qué pensé al abrir los ojos? Miré al techo, más lejos y más alto que nunca. La pequeña muerte dormía en las sábanas, junto a ti. Respiraba fuerte. Miré la ventana de enfrente. Era una cocina y estaba encendida. Luz blanca. Pensé en Murakami y en el desdoble. Empezaba a amanecer. Se escuchaban los coches pasar por encima de charcos intermitentes. Te rocé. Amaneciste tú también. Ya no llovía.