miércoles.

Camino por el parque. Ese que está en el centro. Voy por el lado izquierdo del río. Sudo. Sudo muchísimo. No me hago a la idea de que ya sea octubre con estos calores.

Muchos ciclistas me adelantan con un zumbido urgente. Escucho la nada de las doce y cuatro minutos del mediodía. No hay casi nadie en el parque. Es casi una estampa de Cavestany. Subo al tren. Hoy exploro el cercanías y parte de Madrid. Encuentro un sitio. Incómodo. Un señor me cae mal. Una mujer mira el móvil sin pestañear.

La comida del hospital era floja, pero el edificio muy nuevo. Las vistas eran increíbles, sobre todo cuando se encendieron las luces de la ciudad. Pese a que todo se rompe ahí fuera, no había ni un ruido. Vimos la guerra desde la TV con el té y las galletas secas de la bandeja de plástico. El sofá es de sky azul. Pegajoso. Hablé con un señor de una de las habitaciones del pasillo. Me lo encontré en el pasillo. Pijama muy grande y un café de máquina. Tenía cara de yonqui y ganas de hablar con alguien. Me lo encontré varias veces a lo largo del día. Esperaba una ambulancia para ir a su casa que no llegaba nunca. El sandwich de la máquina estaba rico. Me escribes y sonrío. Eres toda una incógnita de ácido y tabaco. Hice la compra de noche y me acordé de aquella película en la que varios personajes se juntaban cada noche en una cafetería porque trabajan en horario nocturno en distintas cosas. late night shopping, una de mis películas favoritas. Hay luna casi llena, y soy incapaz de dormir. Me he comido una tonelada de macarrones de estos que tienen forma de concha. Me vi una película francesa. No puedo dormir.

barra acolchada de bar

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Un par de tipos estaban de pie en la otra punta de la barra. Le daban vueltas a sus bebidas y miraban en dirección a la vieja puerta acolchada del bar. Yo estaba sentada ahí, una rápida escapatoria. Leía a Burroughs y no podía evitar sonreír. Siempre me ha hecho gracia el asco que me producen sus descripciones. Alcé la vista al terminar el capítulo, con sonrisa de idiota después de un pasaje muy turbio, y me encontré con su mirada lasciva, primaria. Horrible. Por primera vez en todo el día fui consciente de mi vista en tercera persona – siempre se me olvida lo que llevo puesto. Maldito escote.
Cerré el libro, alejé el vaso en la barra, puse dos monedas al lado, y me levanté de la silla alta. Me había quedado pegada al sky rojo. Hizo ruido: sonreí para mis adentros. A aquellos dos les puse mi mejor sonrisa. ‘Hasta luego’ Me gustaba confundir a la gente.

El viento que arremetió contra mí nada más abrir la puerta. El golpe de la realidad. A dónde iba ahora. Me había refugiado en aquél antro para evitar la soledad aséptica del piso. Encendí un cigarro. Necesitaba fumar. De reojo me di cuenta de la presencia de aquel tipo. Corrijo: de la discreción de aquel tipo tras el sucio cristal del bar. Empañado por el pegajoso calor de whisky barato de dentro. Sentí su mirada. Se lo agradecí tragando el humo de aquel cigarrillo. Hacía mucho que no me gustaba sentir unos ojos. Y aquellos sí que lo hicieron. No sé muy bien por qué.
Caminé calle arriba, dejando atrás el grosero estruendo de un gol retransmitido por la TV del antro.Me imaginé las caras de aquellos tipos por los insultos que escuchaba amortiguados. ‘Qué se jodan’, pensé, y miré rápidamente a la puerta – me estaba costando irme. Justo en ese momento atisbé una figura negra que salía del bar. El tipo de antes. Sonreí dentro de la bufanda. De algún modo, él tampoco pegaba mucho en aquel lugar.
Me esperaba una noche larga. Hacía días que no podía dormir. Mucho café y poco calor en mi habitación. Una pena, pero me había acostumbrado. Entré en un videoclub que hacía esquina. La puerta activó el timbre.
Tenía ganas de tener calor esa noche. Pero no a costa de cualquier gilipollas. Noches como aquella me habían llevado a la tristeza más profunda al amanecer con los ojos rojos, un condón desperdiciado y mucha menos dignidad. Un escalofrío me recorrió. No sé si por el frío o por el recuerdo. Me sorprendí al encontrarme pensando en el tipo del bar una vez más. Sonreí. Una boca para soñar.

escrito en agosto 2012

los océanos

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tú me decías que me querías que ibas a estar toda la vida y era mentira. cuántas palabras tienen los océanos dentro dentro dentro muy dentro que jamás llegarán a las orillas de tu patria. el mar no miente, solo grita, y le sale espuma de la rabia, y luego cuando se calma te susurra. pero nunca miente. recuerdo como si fueran aquellas diapositivas del 93 proyectadas en la pared del salón el sonido de la hierba cuando corríamos hacia la playa de Perlora, y cuando de tanto correr me caí en aquel suelo empedrado. recuerdo la sangre tibia cómo caía por la pierna. y también cómo pinté las piedras con la sangre. dios, recuerdo eso tan tan cerca que da miedo. el olor de aquella vajilla de picnic, y el sabor de la tortilla de patata de excursión. el pan, gomoso de viaje, gomoso de coche. vosotros, que os quiero tanto que duele. vosotros, que sois lo que tengo, porque ella se ha ido primero, siempre ha sido la primera en tantas cosas, estoy segura de que nos está preparando una sorpresa al otro lado del mar. recuerdo estar en la arena, tumbada, y girar la cabeza poco a poco, en un paneo de 360º, poco a poco, lentamente, ir descubriendo lo que me rodeaba, en una línea espacial, el aire olía a coco de crema solar. los dedos pegajosos del helado de hielo verde, tropical. mañana seguro que estoy mala y me duele la garganta. daría todo lo que tengo por volver a esos días. volverte, amarte, exprimirte, saberte, estudiarte, amarte todo lo que me amaste, todo lo que no me ha dado tiempo a amarte. todo. hacerlo todo por segunda vez, por infinitas veces, y mejor. estar. solo estar. mirarte a los ojos. y suspenderme así en el aire. flotarte. encontrarte. irme.

un miércoles salado

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mi primer y último suspiro

del día.

el primero, de placer.

y el segundo.

el segundo nunca lo recuerdo.

esta mañana el tren traqueteaba

la gente hacía ruido mucho ruido y tosía

miré fijamente una esquina del vagón.

el calor se pegaba a la piel

como tú lo hiciste.

recuerdo que se me cayó

tu mirada

en mi boca.

lo quiero todo.

un martes cualquiera

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Te juro que el videoclip salía de los bordes de la TV. Estaba haciendo efecto, y cada vez me hacía más gracia esa canción que ahora mismo no recuerdo, pero no podía dejar de mirar a los que la bailaban. Una orgía de colores y líneas y dibujos y rizos negros y ropa de los noventa se escurrían por la pantalla, que era enorme. No entendía nada, no podía dejar de reírme con risa nerviosa. Me picaba tanto el cuello. Te lamí la zona entre el cuello y el hombro, mi favorita. Sabías amargo. Oh, blanca nuit. Giré la cabeza, y el amor continuaba a ambos lados de mi río. Tú también sabías amargo, un poco ácido, un poco más silencio.

Si quieres quemarme, pon una vela en tu cama. Madrid ardió por la mañana como si fueran las doce. Aún era temprano. El colchón sudaba tu nombre.

temblor negro

424fdd4b34de5dc880dff81cb4cb310estephen shore | clinton, oklahoma, julio 1972

En el silencio os oigo palpitar.  Ensalada no.1 con salsa no.2 y 3 en un lugar de vestigios de ruina emocional. Olía a fritura de ayer. La mesa, pegajosa. Si yo era para ti una especie de costumbre, no habías entendido nada. Ayer caminé hacia lo sagrado de la carne, lo banal y al fin y al cabo, lo que nos hace animales. Miré al diablo a los ojos, y me respondió con las pupilas dilatadas. Abracé el mal con tanto ahínco y con la respiración desgastada de ansiedad, que todavía no me he ido de allí. Me da miedo perderme en lo gris. El infierno está aquí en casa. Consúmeme mejor a través de tus encías.