odas bárbaras I

Puede que tengas razón. Me llamas exagerada mientras sonríes, tímido. Pero lo negro y lo blanco, obviando el gris. Pero tú. En tu despertar. La muerte que rodea la cama por las noches. La muerte y la vida. Eros y Tanathos. Morir un poco cuando me devoras por dentro. Pequeñas muertes que desafían a las grandes. Que nos quedamos casi ahí, al otro lado. Exhaustos. Casi mareados de vida que hierve. El mar y el asfalto. Los charcos que se forman en las carreteras. Los brotes de planta que surgen en el cemento. Carducci versaba sobre cosas magnas. A mí, sin embargo, se me deshacen las palabras cuando pienso en lo banal, cuando recuerdo aquel latido truncado mientras no dejaba de llover. La tinta de lo que todavía no te había escrito me resbalaba por los brazos.

 

un fondo estrellado

 

Y pensaba que la vida, tan inmensa, y solo en algunos momentos presente, era esto. Justo este escalofrío.

La vida, los pies cansados. Nuestros cuerpos, que reflejan todo lo que hemos vivido, todo lo que hemos devorado. Las cicatrices, los moratones, los mordiscos. Nuestras ideas que nos dejan marcas de porras en los brazos, todo lo que hemos caído. Cuánto más barro en las rodillas, nuestra mirada más lúcida, más limpia, más profunda, más plena. Más digna. Ser más frágiles que un segundo, pero más fuertes que nuestros suspiros en nuestra cama, arrebujada hoy. Como ayer. Como siempre desde que nos conocemos. Nuestra cama, la trinchera en la ciudad. Nuestra cama, la del fondo estrellado. Un cosmos imposible. Un abismo al que me lanzo sin pensarlo, en el que respiro. Al fin.

el arte de recordar // helarte de recordar

Hicimos el amor muertos de frío. Muertos de ayer. Era imposible entrar en calor con tantas dudas, con tantas preguntas en las manos, con los innumerables poros abiertos, con mis pupilas dilatadas de mar, con tu lengua sedienta de anochecer. La arena me rascaba la mirada a orillas del Cantábrico. Hoy la playa se duerme con tu voz. Se queda dormida a media ola, a medio gas, te arrulla sin querer. Sonríes cada vez que exagero. Pero jamás había sentido una tormenta tan luminosa. Ríos de agua. Mares de luz. El cielo crujía y se abría de piernas, mientras en algún sitio de la ciudad yo te escuchaba. Te escuchaba muy alto hablar muy bajito. Pasa una moto. Me olvidé de la geografía. Me olvidé de dónde coño estábamos.

Recuerdo y muero de frío. Te recuerdo y me tirito.

a las siete de la mañana

¿Quieres saber qué pensé al abrir los ojos? Miré al techo, más lejos y más alto que nunca. La pequeña muerte dormía en las sábanas, junto a ti. Respiraba fuerte. Miré la ventana de enfrente. Era una cocina y estaba encendida. Luz blanca. Pensé en Murakami y en el desdoble. Empezaba a amanecer. Se escuchaban los coches pasar por encima de charcos intermitentes. Te rocé. Amaneciste tú también. Ya no llovía.

una cafetería en Islamabad اسلام آباد

No dejó de llover desde entonces. Las carreteras eran ríos que desembocaban en ti. Nunca antes había observado tanto y tan bien. Jamás un suelo tan cómodo. Me voy a vivir a ese momento. La resistencia en tu brazo y en el vinilo. Yo, cayéndome parriba’. Bañada en calma. Me deslizaba. Flotaba de una esquina a otra de una sonrisa que rajaba el día. Lo cortaba en dos y mil pedazos. Me he vuelto adicta a verte sonreír. Me he vuelto adicta al crac de los días. Escuché tu corazón, muy pegada a tu piel. A veces se saltaba latidos, como  haciendo un guiño íntimo a Toy. Y en esos latidos que faltaban, en su ausencia más plena, escuché el rugido del mar.

 

el último verano que te conocí por primera vez

Solo tú. Me haces crac y no te das cuenta. Te observo. Me encanta hacerlo. En silencio. En realidad te das cuenta. Pero haces como que no. Te lo agradezco, solo a ratos. Cada vez que enciendes un cigarrillo, esa marca en tu boca. El fogonazo mínimo. Instantáneo. Suficiente para iluminarte. Suficiente para iluminarme a mí también. El sonido de tu respiración. Cada vez que esbozas esa sonrisa. Esa sonrisa, el rincón que siento aquí ahora mismo. Te observo. Qué luz más bonita tienes hoy.

me aterra el azul

la primavera es todo un secreto. amarga baja. eres hermosa, pero detesto tu boca al decir . me tiro en la piscina solo por curiosidad. buceo entre espinas. fumo un cigarrillo que huele a vainilla sentada en el frío húmedo del granito del borde de la piscina. coloco las plantas de los pies justo encima del agua, en esa fina línea en la que si pegas la piel al agua densa, se produce una mini succión, un trasvase de energías, un trasvase de estados. de sólido a líquido. a lo gelatinoso. sprrrp. rebáñame el mar. me corto de rojo las manos. odio cómo suenan tus palabras vacías. detesto lo simple que puede llegar a ser el paso de los minutos en tu puto reloj de cocina.cocino mi corazón en bragas de rayas. todas las rayas que no me meteré. mis renglones torcidos.

una canción desde el norte

La bruma te ha tapado. Demasiado tarde para navegar. Te has bajado tantas veces del barco, que el barco ya no está. Y la bruma tampoco. Ahora no siento nada.

O sí.

La luz que entra por esta ventana. Ahora. Luz salada. Láctea y pesada. La literatura del pasar de los días tranquilos. El humo de los coches a un palmo de mí. Sonrío. Porque en el fondo, el asfalto nunca fue tan blando. Me silbas desde el puente de enfrente. Me doy la vuelta. Me voy. Me pongo mi música favorita: el sonido de las voces de la gente que me rodea, la que da luz, la de lo banal y lo doméstico, la de la artesanía de los días, la que hilvana el tiempo con pequeños gestos. Mi canción favorita.

 

llorar

llo-rar

yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo yo

llorar no deja de ser bañarte en ti misma

un diálogo de besugos contigo misma desbordante de mar.

repleta de mar.

empachada de mar.

no es suficiente este océano. a veces me llena un charco.

 

degusto un licor nunca antes fermentado

cuando me corrí, me gustó tanto como si hubiera sido real.

así es una de las frases que acabo de leer de un libro colorido por fuera y enrevesado por dentro.

el día, hoy: plomizo, salado, lento, incómodo, de las algas y otras floras, olía a marea baja cuando salí a la calle, y a marea llena y empachada cuando volví de noche. igual era yo, y no el mar. llena de lo que no me gusta. empachada, atragantadamente triste.

tú, hoy: (inserta tú la palabra, que yo no acierto últimamente)

luego sudé en una bici que no era mía, extremadamente cerca de una señora que sudaba casi más que yo, y me gritaba con voz emprendedora y de radio un chico que podría ser el profesor número trescientos mil que ni fu ni fa, que bien pero que tampoco para tanto, ni alto ni bajo, ni feo ni guapo. harta de lo gris.

me evaporaré por la mañana, cuando la cafetera esté haciendo el eterno ruido del despertar. sigo pensando en aeropuertos al amanecer, con el muecín automatizado de fondo. poco me queda a este lado del río.